jueves, 28 de octubre de 2010

CAPITULO 3 - MUERTO HASTA EL ANOCHECER

Para mi alivio, la abuela ya estaba dormida cuando llegué a
casa, y logré meterme en la cama sin despertarla. No fue de
extrañar que a la mañana siguiente me levantara muy tarde.
Cuando sonó el teléfono, yo estaba tomando una taza de
café en la mesa de la cocina y la abuela limpiaba la despensa.
Apoyó el trasero en el taburete que había al lado de la
encimera, su percha habitual para el parloteo, antes de
descolgar.
–¿Quién es? –dijo. Por algún motivo siempre sonaba enojada,
como si una llamada de teléfono fuera lo último que deseaba
en ese momento. Pero yo sabía que nunca era así–. Hola,
Everlee. No, estaba aquí sentada charlando con Sookie, que se
acaba de levantar. No, todavía no he oído ninguna noticia hoy.
No, nadie me ha llamado. ¿Qué, qué tornado? Anoche estaba
despejado. ¿En Four Tracks Comer? ¿En serio? ¡No! ¡No me lo
puedo creer! ¿En serio, los dos? Ajajá. ¿Y qué dice Mike
Spencer?
Mike Spencer era el juez de instrucción de la parroquia.
Empecé a tener un mal presentimiento. Terminé el café y me
serví otra taza; me daba la impresión de que iba a necesitarla.
La abuela colgó un minuto después.
–¡Sookie, no te vas a creer lo que ha pasado!
Seguro que me lo creía.
–¿El qué?–pregunté, tratando de aparentar inocencia. –¡Pues
Capítulo 2
que, aunque anoche pareciera que hacía buen tiempo, un
tornado debe de haber azotado Four Tracks Comer! Volcó la
caravana de alquiler que hay en aquel claro, y la pareja que
estaba dentro... los dos han muerto, atrapados de algún modo
debajo de la caravana y hechos papilla. Mike dice que nunca
había visto algo parecido.
–¿Va a enviar los cuerpos para que les hagan la autopsia?
–Bueno, supongo que tendrá que hacerlo, aunque la causa de
la muerte parece bastante clara, según Stella. La caravana
está volcada, el coche medio subido encima, y los árboles
alrededor del claro machacados.
–Cielo santo –musité, pensando en la fuerza necesaria para
disponer un escenario así.
–Cariño, no me has dicho si tu amigo el vampiro volvió ayer.
Pegué un respingo de culpabilidad, pero me di cuenta de que
la abuela había cambiado de tema. Me había estado
preguntando cada día si había visto a Bill, y ahora al fin pude
decirle que sí, aunque no con alegría.
Como era de prever, la abuela se entusiasmó como una niña.
Revoloteó por la cocina como si el invitado que esperaba fuera
el príncipe Carlos.
–¡Mañana por la noche! ¿Y a qué hora vendrá?–preguntó.
–Después del anochecer. Es lo antes que puede.
–Ya estamos con el horario de verano, así que eso será
bastante tarde–reflexionó la abuela–. Bien, tendremos tiempo
de tomar la cena y limpiarlo todo antes de que llegue. Y
disponernos de todo el día de mañana para limpiar la casa. ¡Da
la impresión de que no he limpiado esa alfombra desde hace un
año!
–Abuela, estamos hablando de un tipo que duerme todo el día
bajo tierra–le hice recordar–. No creo que se vaya a fijar en la
alfombra.
–Bueno, pues si no es por él, lo haré por mí, para poder
sentirme orgullosa–dijo la abuela categórica–. Además,
jovencita, ¿cómo sabes tú dónde duerme?
–Buena pregunta, abuela. No lo sé. Pero tiene que
mantenerse apartado de la luz y estar a salvo, así que me
supongo eso.
Pronto comprendí que nada podía evitar que mi abuela
entrara en un frenesí de orgullo casero. Mientras yo me
arreglaba para ir al trabajo, ella fue a la tienda, alquiló un
aspirador de alfombras y se puso a limpiarlo todo.
De camino a Merlotte's, me desvié un poco al norte y pasé
por delante de Four Tracks Comer. Era un cruce de caminos
tan antiguo como la presencia humana en el área, formalizado
ahora por asfalto y señales de tráfico, pero de acuerdo con el
folclore local fue la intersección de dos pistas de caza.
Supongo que antes o después tendrá casas de estilo ranchero
y calles comerciales a cada lado, pero por el momento era todo
bosque y, según Jason, la caza seguía siendo abundante.
Como no había nada que me lo impidiera, conduje por el
camino bacheado que llevaba hasta el claro donde se situaba la
caravana alquilada de los Rattray. Paré el coche y miré a
través del parabrisas, aterrada. La caravana, que era muy
pequeña y vieja, yacía aplastada a tres metros de su posición
original, arrugada como un acordeón. El abollado coche de los
Rattray todavía se apoyaba sobre uno de los extremos de la
roulotte. Por todo el claro se esparcían matorrales y
escombros, y los árboles de detrás de la caravana mostraban
signos de una gran violencia: tenían las ramas partidas y la
copa de un pino colgaba solo de un hilo de corteza. Había ropa
enganchada en las ramas, e incluso una bandeja para el horno.
Salí poco a poco del coche y miré a mi alrededor. Los daños
eran sencillamente increíbles, en especial para mí, que sabía
que no los había provocado un tornado. Bill el vampiro había
montado esa escena para ocultar la muerte de los Rattray.
Un viejo todoterreno se acercó saltando sobre los baches
hasta detenerse junto a mí.
–¡Vaya, Sookie Stackhouse! –exclamó Mike Spencer–. ¿Qué
haces aquí, muchacha? ¿No tienes que ir al trabajo?
–Sí, señor. Conocía a los Ratas... a los Rattray. Es algo
terrible –pensé que eso resultaba lo bastante ambiguo. En ese
momento vi que junto a Mike estaba el sheriff.
–Una cosa terrible. Sí, bueno, he oído –dijo el sheriff Bud
Dearborn mientras saltaba del todoterreno– que Mack, Denise
y tú os llamasteis de todo menos guapos en el estacionamiento
de Merlotte's, la semana pasada.
Sentí un escalofrío cerca de donde debe de estar el hígado,
cuando los dos hombres se colocaron delante de mí. Mike
Spencer era también director de una de las dos funerarias de
Bon Temps. Como él siempre señalaba de manera seca y
tajante, todo el que quisiera podía ser enterrado por la Firma
Funeraria Spencer e Hijos, aunque parecía que solo los blancos
querían. De manera similar, solo los negros decidían que los
enterrara el Dulce Descanso. Mike era un hombre grueso de
mediana edad, con el pelo y el bigote del color del té claro, y
era aficionado a las botas de vaquero y a las corbatas de lazo,
que lógicamente no podía ponerse cuando estaba de servicio en
Spencer e Hijos. Ahora sí las llevaba.
El sheriff Dearborn, que tenía fama de ser buen hombre,
era un poco mayor que Mike, pero estaba en buena forma y era
duro desde su firme sombrero gris hasta la punta de sus
zapatos. El sheriff tenía un rostro aplastado y vivaces ojos
castaños. Mi padre y él habían sido buenos amigos.
–Sí, señor, tuvimos un altercado –dije con sinceridad,
echando mano de mi mejor acento sureño.
–¿Quieres contármelo? –el sheriff sacó un Marlboro y lo
encendió con un sencillo mechero de metal.
Y cometí un error. Debería habérselo contado. La gente
pensaba que estaba loca, y algunos hasta que era retrasada.
Pero por mi vida que no pude encontrar ninguna razón para
explicárselo a Bud Dearborn. Ninguna, excepto el sentido
común.
–¿Por qué? –pregunté.
Sus pequeños ojos castaños se pusieron de inmediato alerta,
y se desvaneció el aire amigable.
–Sookie–dijo, con tono de sentirse muy defraudado. No me
lo creí ni por un instante.
–Yo no he hecho esto–dije, barriendo la destrucción con un
gesto de la mano.
–No, no lo has hecho –admitió– Pero de todas maneras, si
alguien muere una semana después de tener una pelea con otra
persona, creo que debo hacer algunas preguntas.
Me replanteé la idea de plantarle cara. Era divertido, pero
no pensé que mereciera la pena. Resultaba evidente que mi
reputación de simpleza podría serme útil. Puede que no tenga
muchos estudios ni haya visto mundo, pero no soy estúpida ni
inculta.
–Bueno, estaban haciendo daño a mi amigo –confesé, dejando
caer la cabeza y mirándome los pies.
–¿Ese amigo es el vampiro que vive en la vieja casa Compton?
–Mike Spencer y Bud Dearborn intercambiaron miradas.
–Sí, señor. –Me sorprendió enterarme de dónde vivía Bill,
pero ellos no se dieron cuenta. Gracias a tantos años teniendo
que contenerme para no reaccionar a las cosas que oigo pero
no quiero saber, he adquirido un buen control facial. La vieja
casa Compton estaba justo al otro extremo de los campos
desde nuestra casa, al mismo lado de la carretera. Entre el
hogar de Bill y el mío solo se alzaban la arboleda y el
cementerio. Qué apropiado para Bill, pensé con una sonrisa.
–Sookie Stackhouse, ¿tu abuela te deja relacionarte con ese
vampiro?–dijo Spencer, demostrando poca prudencia.
–Puede preguntárselo a ella –le sugerí maliciosa, con muchas
ganas de ver lo que le respondería la abuela a quien sugiriera
que no me estaba cuidando bien–. Ya sabe, los Rattray estaban
tratando de desangrar a Bill.
–¿Así que el vampiro estaba siendo drenado por los Rattray?
¿Y tú los detuviste? –me interrumpió el sheriff.
–Sí–dije, tratando de parecer resuelta.
–Drenar a un vampiro es ilegal–musitó.
–¿No es asesinato matar a un vampiro que no te ha atacado?
–pregunté.
Puede que estuviera abusando de mi ingenuidad.
–Sabes muy bien que así es, aunque no estoy de acuerdo con
esa ley. Pero sigue siendo la ley y la aplicaré –dijo el sheriff
envarándose.
–¿Y el vampiro los dejó irse, sin amenazarlos con vengarse?
¿No dijo nada como que le gustaría verlos muertos? –Mike
Spencer se hacía el estúpido.
–Eso es –les sonreí a los dos y entonces miré mi reloj.
Recordé la sangre en la esfera, mi propia sangre, derramada
por la paliza de los Rattray. Tuve que apartar esa sangre de mi
mente para poder ver la hora.
–Discúlpenme, pero debo ir a trabajar –dije–. Adiós, Sr.
Spencer, sheriff.
–Adiós Sookie –respondió el sheriff Dearborn. Me miró
como si tuviera más cosas que preguntarme, pero no sabía
cómo plantearlas. Estaba claro que no se quedaba del todo
satisfecho con la escena del crimen, y yo no creía posible que
ningún radar hubiera detectado ese supuesto tornado. Sin
embargo, estaban la caravana, el coche, los árboles y los
Rattray muertos debajo. ¿Qué se podía decidir, salvo que un
tornado los había matado? Me imaginé que habrían enviado los
cuerpos para que les hicieran la autopsia, y me pregunté qué
podría desvelar esta a tenor de las circunstancias.
El cerebro humano es una cosa sorprendente. El sheriff
Dearborn tenía que saber que los vampiros son muy fuertes,
pero no podía imaginarse cuánto: lo suficiente para volcar una
caravana y aplastarla. Incluso a mí me costaba asumirlo, y eso
que yo sabía con seguridad que ningún tornado había golpeado
Four Comers.
El bar bullía con los cuchicheos sobre las muertes. El
asesinato de Maudette había quedado en segundo plano ante el
fallecimiento de Denise y Mack. Descubrí a Sam mirándome
fijamente una o dos veces, lo que me hizo pensar en la noche
anterior y plantearme cuánto sabría él de lo ocurrido. Pero me
daba miedo preguntarle, por si no había visto nada. Tampoco
yo podía explicarme algunas de las cosas sucedidas esa noche,
pero estaba tan contenta por estar viva que no quería pensar
en ello.
Nunca he sonreído tanto al servir las bebidas como aquella
noche, ni he traído nunca el cambio con tal rapidez, ni tomado
los encargos con tanta exactitud. Ni siquiera Rene, con su pelo
alborotado, logró que perdiera el tiempo, a pesar de que en
cuanto me acercaba a la mesa que compartía con Hoyt y otro
par de colegas insistía en arrastrarme a sus interminables
conversaciones.
Rene se hacía de vez en cuando el cajún loco, aunque todo
acento cajún que pudiera poner era falso5, sus viejos habían
dejado que se perdiera cualquier herencia. Todas las mujeres
con las que se había casado eran duras y salvajes. Su breve
matrimonio con Arlene fue cuando ella era joven y no tenía
hijos, y esta me había contado que de vez en cuando habían
hecho cosas que, al pensarlas ahora, le ponían los pelos de
punta. Ella había madurado desde entonces, pero Rene no. Y
para mi sorpresa, Arlene le tenía mucho cariño.
Todo el mundo en el bar aquella noche estaba excitado por
los inusuales sucesos de Bon Temps. Una mujer había sido
asesinada, y eso era un misterio; normalmente, los asesinatos
de Bon Temps se resuelven con facilidad. Y una pareja había
muerto de modo violento en un capricho de la naturaleza. En
mi opinión, lo que sucedió a continuación se debió a esa
excitación. Aquel era un bar para gente local, con algunos
forasteros que se pasaban por él de manera habitual, y yo
nunca había tenido serios problemas con atenciones no
deseadas. Pero esa noche, un hombre que se sentaba en una
mesa cerca de Rene y Hoyt, un rubio corpulento con la cara
ancha y roja, metió una mano por la pernera de mis
pantaloncitos cuando le llevé las cervezas.
5 Los cajunes son los habitantes del sur de Luisiana, que aún hablan un dialecto francés. N. del T.
Eso no estaba bien visto en Merlotte's.
Pensé en estamparle la bandeja en la cabeza, pero sentí que
retiraban la mano y noté que había alguien de pie detrás de mí.
Me giré y vi que era Rene, que se había levantado de la silla sin
que yo me diera ni cuenta. Reseguí su brazo con la mirada y vi
que su mano agarraba la del tipo rubio y la apretaba con
fuerza. El rostro del rubio se estaba poniendo colorado.
–¡Eh, hombre, suéltame! –protestó–. No ha sido nada.
–No toques a nadie que trabaje aquí, esas son las normas. –
Rene puede ser bajo y enjuto, pero todos en el bar hubieran
apostado por nuestro chico local contra el corpulento
visitante.
–Está bien, está bien.
–Discúlpate ante la señorita.
–¿Ante Sookie la Loca?–su voz sonaba incrédula. Debía de
haber venido ya alguna vez. La mano de Rene debió de apretar
con mayor fuerza, porque vi que las lágrimas asomaban a los
ojos del tipo rubio–. Lo siento, Sookie, ¿de acuerdo?
Asentí con tanta majestuosidad como fui capaz. Rene soltó
con brusquedad la mano del otro hombre e hizo un gesto con el
pulgar para indicarle que se fuera a paseo. El rubio no tardó
nada en salir por la puerta, y su acompañante lo siguió.
–Rene, deberías dejar que yo me encargara de estas cosas –
le dije en voz baja cuando pareció que los demás clientes
retomaban sus conversaciones. Habíamos dado a la máquina de
los rumores combustible suficiente al menos para un par de
días–. Pero te agradezco que des la cara por mí.
–No quiero que nadie se meta con una amiga de Arleneme
respondió de modo prosaico–. Merlotte's es un lugar
agradable, y todos queremos que siga siéndolo. Además, a
veces me recuerdas a Cindy, ¿lo sabías?
Cindy era la hermana de Rene, y se había trasladado a Baton
Rouge uno o dos años atrás. Era rubia y de ojos azules, pero
aparte de eso no fui capaz de encontrarle más similitudes
conmigo. Pero no parecía educado señalarlo.
–¿Ves mucho a Cindy? –le pregunté. Hoyt y el otro hombre
que estaba con ellos en la mesa discutían sobre puntuaciones y
estadísticas de los Capitanes de Shreveport6.
–De vez en cuando–respondió Rene, ladeando la cabeza como
para indicar que le gustaría verla más a menudo–. Trabaja en la
cafetería de un hospital.
Le di una palmada en el hombro.
–Tengo que ir a trabajar.
Cuando llegué a la barra para recoger el siguiente pedido,
Sam me miró con las cejas arqueadas. Abrí mucho los ojos
para mostrarle lo sorprendida que estaba por la intervención
de Rene, y Sam se encogió ligeramente de hombros, como si
señalara que no hay modo de prever el comportamiento
humano.
Pero cuando pasé al otro lado de la barra para coger unas
cuantas servilletas, me fijé en que había sacado el bate de
béisbol que guarda debajo de la caja registradora para los
casos de emergencia.

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