domingo, 24 de octubre de 2010

CAPITULO 2 - MUERTO HASTA EL ANOCHECER


–¡Eh, Sookie, aquí necesitamos otra jarra de cerveza!
Suspiré y me volví para cogerla jarra vacía de la mesa de los
Ratas. Me fijé en que Denise estaba en buena forma esa
noche: vestía un top sin mangas y unos pantalones muy cortos,
y su mata de pelo castaño formaba una maraña a la moda.
Denise no era realmente guapa, pero sí tan ostentosa y segura
de sí misma que uno tardaba un tiempo en darse cuenta de lo
escaso de su belleza.
Un ratito después, observé para mi decepción que los
Rattray se habían trasladado a la mesa del vampiro y estaban
charlando con él. Pude comprobar que él no respondía
demasiado a menudo, pero tampoco se marchaba.
–¡Mira eso! –comenté disgustada a Arlene, mi compañera
camarera. Arlene es pelirroja, pecosa y diez años mayor que
yo. Ha estado casada cuatro veces, tiene dos hijos y, de vez
en cuando, creo que me considera el tercero.
–Un nuevo chico, ¿eh?–respondió, con poco interés. Arlene
sale ahora con Rene Lenier, y aunque no soy capaz de detectar
atracción entre ellos, parece bastante satisfecha. Creo que
Rene fue su segundo marido.
–Bueno, es un vampiro –añadí, solo para compartir mi interés
con alguien.
–¿En serio? ¿Aquí? Vaya, fíjate–dijo, sonriendo un poco para
demostrar que comprendía mi alegría–. Aunque no puede ser
demasiado listo, dulzura, si está con los Ratas. Por otro lado,
lo cierto es que Denise está dedicándole todo un espectáculo.
Me di cuenta de ello después de que Arlene me lo señalara.
Ella es mucho mejor que yo valorando las situaciones sexuales,
gracias a su experiencia y a mi falta de la misma.
El vampiro estaba hambriento. He oído muchas veces que la
sangre sintética que desarrollaron los japoneses bastaba para
la nutrición de los vampiros, pero que no llegaba a satisfacer
verdaderamente su hambre, por lo que de vez en cuando
ocurrían "desafortunados incidentes" (ese era el eufemismo
vampírico para el asesinato de un ser humano por su sangre). Y
allí estaba Denise Rattray, acariciándose la garganta, girando
el cuello de lado a lado... Qué zorra.
Mi hermano, Jason, entró justo entonces en el bar y se
acercó para darme un abrazo. Sabe que a las mujeres les
gustan los hombres cariñosos con su familia y amables con los
discapacitados, así que abrazarme es para él como una carta
de recomendación. No es que Jason necesite muchos más
alicientes de los que ya tiene de por sí. Es atractivo, y aunque
también puede portarse mal, la mayoría de las chicas parecen
dispuestas a pasar eso por alto.
–Hola, hermanita, ¿cómo está la abuela?
–Está bien, más o menos como siempre. Pásate a verla.
–Lo haré. ¿Quién está a tiro esta noche?
–Míralo tú mismo. –Observé que cuando Jason comenzó a
pasear la mirada, hubo un aleteo de manos femeninas que iban
al pelo, a la blusa o a los labios.
–Eh, veo a DeeAnne. ¿Está libre?
–Está aquí con un camionero de Hammond, que ha ido ahora
al servicio. Ten cuidado.
Jason me sonrió, y me sorprendí una vez más de que las
demás mujeres no vieran el egoísmo que había en esa sonrisa.
Incluso Arlene se remangó la blusa al entrar Jason, y ella,
después de cuatro matrimonios, ya debería haber aprendido a
evaluar a los hombres. La otra camarera que trabajaba allí,
Dawn, hizo ondear su pelo y se enderezó para que se le
marcaran las tetas. Jason le dedicó un gesto afable y ella
simuló bufar. Había discutido con él, pero aun así quería que se
fijara en ella.
Estuve muy ocupada (todo el mundo viene a Merlotte's el
sábado, en un momento u otro de la tarde–noche), así que
durante un tiempo le perdí el rastro a mi vampiro. Cuando tuve
un momento para echarle un vistazo, vi que estaba hablando
con Denise. Mack lo miraba con una expresión tan ávida que me
preocupó.
Me acerqué más a su mesa, sin perder de vista a Mack. Al
fin dejé que cayeran mis defensas y escuché: Mack y Denise
habían estado en la cárcel por desangrar a un vampiro.
Aunque me afectó profundamente, logré servir por puros
reflejos la jarra de cerveza y los vasos que llevaba en la mano
a una ruidosa mesa de cuatro personas. Se suponía que la
sangre de vampiro aliviaba de forma temporal los síntomas de
las enfermedades y aumentaba el vigor sexual, una especie de
cortisona y viagra todo en uno, y había un enorme mercado
negro para la sangre vampírica genuina y sin diluir. Llevaba un
par de años siendo la droga de moda, y aunque algunos
consumidores se volvían locos después de beber sangre pura
de vampiro, eso no frenaba el mercado. Y donde hay mercado,
hay proveedores; en este caso, como acababa de descubrir, la
repugnante Pareja Rata. Ya habían atrapado antes a otros
vampiros y los habían drenado, vendiendo las pequeñas
redomas de sangre hasta por doscientos dólares cada una.
Como regla general, un vampiro desangrado no dura mucho.
Los drenadores abandonan a los no–muertos atravesados con
una estaca, o simplemente los tiran al aire libre. Cuando sale el
sol, se acabó. De vez en cuando se leen historias de un vampiro
que ha logrado volver las tornas, y entonces se obtienen unos
drenadores muertos.
Y en ese momento mi vampiro se levantó y se marchó con los
Ratas. Mack cruzó su mirada conmigo y comprobé que se
sorprendía ante la expresión de mi rostro. Pero de inmediato
se alejó, pasando de mí como todo el mundo.
Eso me enfureció, me enfureció mucho.
¿Qué debía hacer? Mientras luchaba conmigo misma,
salieron por la puerta. ¿Me creería el vampiro si corría detrás
de ellos y se lo contaba? Desde luego, nadie más lo haría, y
aunque me creyeran, también me odiarían y me tendrían miedo
por leer los pensamientos encerrados en el cerebro de los
demás. Arlene me había rogado que leyera la mente de su
cuarto marido cuando vino a recogerla una noche, porque
estaba casi segura de que planeaba abandonarlos a ella y a los
críos, pero no lo hice porque quería conservar la única amiga
que tenía. Y ni siquiera Arlene se había atrevido a pedírmelo
directamente, porque eso supondría admitir que yo poseía este
don, esta maldición. La gente no puede admitirlo. Prefieren
creer que estoy loca, ¡lo que en ocasiones casi es cierto!
Así que vacilé, confusa, asustada y furiosa, y entonces supe
que ante todo tenía que actuar. Me empujó a ello la mirada que
me había dedicado Mack, como si yo fuera insignificante.
Crucé el bar hasta llegar junto a Jason, que estaba
seduciendo a DeeAnne. Claro que eso no resultaba muy difícil,
según afirmaba la opinión popular. El camionero de Hammond
lo miraba con el ceño fruncido, desde el otro costado de la
chica.
–Jason–dije con tono imperioso. Se volvió para echarme una
mirada de advertencia–. Escucha, ¿sigues llevando esa cadena
en la caja de la camioneta?
–Nunca salgo de casa sin ella–dijo con lentitud, mirándome a
la cara en busca de señales de problemas–. ¿Vas a pelearte,
Sookie?
Le sonreí, lo que me resultó fácil por la costumbre.
–Desde luego, espero que no–dije alegremente.
–Eh, ¿necesitas ayuda? –al fin y al cabo, era mi hermano.
–No, gracias –respondí, tratando de sonar confiada. Y
entonces me dirigí a Arlene–. Escucha, tengo que salir un poco
antes. Mis mesas están bastante tranquilas, ¿puedes
cubrirme? –No creo haberle pedido nunca antes una cosa así a
Arlene, aunque yo la había cubierto muchas veces. Ella
también me ofreció su ayuda–. No pasa nada –dije–, volveré
antes de cerrar si me es posible. Si limpias mi zona me
encargaré de tu caravana.
Arlene asintió y su melena rojiza siguió el movimiento con
entusiasmo.
Señalé a la puerta de empleados para mí misma e hice con
los dedos un gesto de caminar, para que Sam supiera que me
iba. Él asintió, aunque no parecía contento.
Así que salí por la puerta de atrás, tratando de que mis pies
no hicieran ruido sobre la gravilla. El estacionamiento para
empleados está detrás del bar, accesible a través de una
puerta que lleva al almacén. Allí estaba el coche del cocinero,
así como el de Arlene, el de Dawn y el mío. A mi derecha, que
quedaba al este, estaba la camioneta de Sam y detrás su
caravana.
Me alejé del estacionamiento de grava para empleados hacia
el asfalto que cubría el de clientes, mucho más grande y
situado al oeste del bar. Los árboles rodeaban el claro en el
que se alzaba Merlotte's, y las lindes del lugar eran sobre
todo arenisca. Sam lo mantenía bien iluminado, y el resplandor
surrealista de las altas farolas hacía que todo cobrara un aire
extraño.
Descubrí el abollado deportivo rojo de la Pareja Rata, así
que supe que andaban cerca. Al fin encontré la camioneta de
Jason: negra, con unos remolinos de colores rosa y celeste
dibujados en los laterales. Sin duda, adoraba llamar la
atención. Me impulsé hacia arriba por la parte trasera y
rebusqué por el piso hasta encontrar su cadena, una serie de
eslabones gruesos que siempre llevaba por si había pelea. La
enrollé y me la llevé pegada al cuerpo, de modo que no
tintineara.
Medité durante un segundo. El único lugar mínimamente
privado al que podrían haber atraído al vampiro los Rattray
era el fondo del estacionamiento, donde los árboles llegan a
taparlos coches. Así que me arrastré en esa dirección,
tratando de moverme con rapidez pero sin que me vieran.
Me detenía cada pocos segundos para escuchar. Pronto oí un
gemido y el débil ruido de voces. Me deslicé entre los coches y
los descubrí justo donde pensaba que estarían. El vampiro
estaba tirado en el suelo, boca arriba, con el rostro
contorsionado por el dolor. El brillo de las cadenas cruzaba
sus muñecas y bajaba hasta sus tobillos: plata. Ya había dos
frasquitos llenos de sangre en el suelo, junto a los pies de
Denise, y mientras los miraba ella ajustó un nuevo tubo a la
aguja. El torniquete que le habían colocado por encima del
codo se clavaba profundamente en la piel de su víctima.
Tal como estábamos todos situados, ellos dos me daban la
espalda y el vampiro todavía no me había visto. Solté la cadena
enrollada hasta tener un metro colgando. ¿A quién debería
atacar primero? Los dos eran pequeños y peligrosos.
Me acordé de la mirada despectiva de Mack y de que nunca
dejaba propina. Él sería el primero.
Nunca antes me había visto metida en una verdadera pelea.
De algún modo, tenía ganas de que ocurriera. Salté desde
detrás de una camioneta y enarbolé la cadena. Impactó contra
la espalda de Mack mientras este se arrodillaba delante del
vampiro. Gritó y saltó de golpe. Tras echarme un vistazo,
Denise se dispuso a insertar el tercer tubo. La mano de Mack
bajó hacia su bota y reapareció acompañada de un brillo.
Tragué saliva. Llevaba un cuchillo.
–Oh, oh–dije, dirigiéndole una mueca.
–¡Zorra estúpida! –gritó. Parecía tener ganas de usar el
cuchillo. Yo estaba demasiado ocupada como para mantener mi
barrera mental, así que obtuve una imagen bastante clara de
lo que Mack quería hacerme. Me puso hecha una furia. Fui a
por él con ganas de causarle el mayor daño posible. Pero él se
esperaba mi movimiento y saltó hacia delante con el cuchillo
mientras yo hacía girar la cadena. Arremetió contra mi brazo
y falló por los pelos. La cadena, en su retroceso, rodeó su
delgado cuello como una amante. El grito de triunfo de Mack
se convirtió en un borboteo. Soltó el cuchillo y se aferró a los
eslabones con ambas manos. Al quedarse sin aire, se dejó caer
de rodillas sobre el duro pavimento, arrancándome la cadena
de las manos.
Bueno, ahí se acabó el uso de la cadena de Jason. Me agaché
para recoger el cuchillo de Mack y lo sostuve como si supiera
usarlo. Denise había estado avanzando, con todo el aspecto de
una bruja sureña bajo las líneas de luz y sombra que
proyectaban las farolas del estacionamiento. Se detuvo en
seco en cuanto vio que yo tenía el cuchillo. Soltó un taco,
bramó y dijo cosas terribles. Esperé a que terminara y
entonces dije:
–Largaos. Ya.
Denise me miró con ojos llenos de odio. Trató de llevarse los
frascos de sangre, pero la obligué a dejarlos allí, así que ayudó
a Mack a ponerse en pie. Él aún tosía y emitía sonidos
borboteantes mientras agarraba la cadena. Denise lo arrastró
prácticamente hasta el coche y lo introdujo por la puerta del
copiloto. Rebuscó entonces algunas llaves en el bolsillo y se
colocó en el asiento del conductor.
Al oír que el motor cobraba vida, de repente me di cuenta de
que ahora los Ratas tenían otra arma. Con más velocidad de la
que nunca he sido capaz, corrí hasta quedar junto a la cabeza
del vampiro y le dije con voz entrecortada:
–¡Empuja con los pies!
Lo agarré por debajo de los brazos y tiré de él con todas
mis fuerzas. Llegamos a la linde de los árboles justo cuando el
coche se abalanzaba rugiendo hacia nosotros. Denise no nos
dio por menos de un metro, yeso porque tuvo que girar para no
chocarse contra un pino. Después escuché el potente motor
del coche de los Ratas alejarse en la distancia.
–Oh, guau –dije con un suspiro. Me arrodillé junto al vampiro
porque las piernas se negaban a sostenerme por más tiempo.
Respiré con pesadez durante un minuto, tratando de
recuperarme. El vampiro se agitó levemente y lo miré.
Descubrí horrorizada que surgían volutas de humo de sus
muñecas, en las zonas que entraban en contacto con la plata.
–Oh, pobrecito–dije, furiosa conmigo misma por no ocuparme
de él cuanto antes. Aún esforzándome por recuperar el
aliento, comencé a soltar las finas tiras de plata, que parecían
pertenecer a una cadena muy larga–. Pobre pequeño–susurré,
sin darme cuenta hasta mucho más tarde de lo incongruente
que sonaba aquello. Poseo dedos ágiles, y muy pronto le liberé
las muñecas. Me pregunté cómo habrían podido distraerlo los
Ratas para colocarse en posición de atacarlo, y noté que me
sonrojaba al imaginármelo.
El vampiro se llevó los brazos al pecho mientras yo me
enfrascaba con la plata que le rodeaba las piernas. Sus tobillos
lo habían pasado mejor, ya que los drenadores no se habían
molestado en subirle las perneras de los vaqueros y, por lo
tanto, la plata no apretaba la piel desnuda.
–Lamento no haber llegado antes–dije, disculpándome–. Te
sentirás mejoren un minuto, ¿verdad? ¿Quieres queme vaya?
–No. –Eso me hizo sentirme muy a gusto hasta que añadió–:
Podrían volver, y aún no puedo defenderme–su voz sonaba
intranquila, pero no se puede decir que estuviera resollando.
Le puse mala cara, y mientras se recuperaba tomé algunas
precauciones. Me senté dándole la espalda, para concederle
algo de intimidad. Sé lo desagradable que es que te miren
cuando estás herido. Me agaché sobre el pavimento, vigilando
el estacionamiento. Varios coches se fueron y otros llegaron,
pero ninguno se acercó hasta el extremo junto a los árboles,
donde estábamos nosotros. Gracias al temblor de aire a mi
alrededor, supe cuándo se levantó el vampiro.
No habló de inmediato. Giré la cara hacia la izquierda para
mirarlo; estaba más cerca de lo que creía. Sus grandes ojos
oscuros miraban al interior de los míos. Tenía los colmillos
retraídos; me sentí un poco defraudada por ello.
–Gracias –dijo con rigidez.
Así que no le entusiasmaba que le hubiera rescatado una
mujer. Qué típico en un hombre.
Como estaba siendo tan poco amable, pensé que yo también
podía hacer algo grosero y lo escuché, abriendo mi mente por
completo.
Y oí... nada.
–Oh –dije, notando yo misma la turbación de mi voz, sin
saber bien lo que decía–. No puedo oírte.
–¡Gracias! –repitió el vampiro, moviendo los labios de modo
exagerado.
–No, no... Puedo oírte hablar, pero... –y en mi agitación hice
algo que normalmente nunca haría, porque resultaba muy
agresivo y personal, y además revelaba que era una
discapacitada. Me volví por completo hacia él y puse mis manos
a ambos lados de su pálida cara, mirándolo con intensidad.
Concentré toda mi energía. Nada. Era como tener que
escuchar la radio sin parar, en emisoras que no necesitabas
sintonizar, y de repente llegar a una longitud de onda en la que
no podías recibir nada.
Era perfecto.
Sus ojos se abrían cada vez más al tiempo que se oscurecían,
aunque siguió por completo inmóvil.
–Oh, discúlpame –dije, con un gemido de vergüenza. Aparté
las manos y seguí estudiando el estacionamiento. Comencé a
parlotear sobre Mack y Denise, pensando todo el tiempo lo
maravilloso que sería tener un compañero al que no pudiera oír
salvo cuando él quisiera hablar en voz alta. Qué hermoso era
su, silencio.
–...así que pensé que era mejor salir fuera a ver qué tal
estabas –dije por último, sin tener ni idea de lo que le había
contado antes de eso.
–Has venido a salvarme. Eso ha sido muy valiente –
respondió, con una voz tan seductora que haría que a DeeAnne
se le cayeran sus bragas de nylon rojo.
–Oh, deja eso–dije con tono áspero, olvidándome de mis
castillos en el aire.
Él pareció asombrado unos instantes, pero pronto su rostro
recuperó su pálida homogeneidad.
–¿No te da miedo estar sola con un vampiro hambriento? –
preguntó, con un tono travieso pero atemorizante bajo las
palabras.
–Para nada.
–¿Estás suponiendo que, ya que has venido a mi rescate,
estás a salvo? ¿Que después de todos estos años aún albergo
una dosis de sentimentalismo? Los vampiros a menudo se
vuelven contra los que confían en ellos. No tenemos los valores
humanos, ya lo sabes.
–Un montón de humanos se vuelven contra los que confían en
ellos –señalé; suelo ser práctica–. No soy una completa
estúpida –alcé la mano y giré el cuello. Mientras él se
recuperaba, yo me había rodeado garganta y brazos con las
cadenas de los Ratas.
El vampiro tembló de manera visible.
–Pero también tienes una sabrosa arteria en la ingle–dijo
tras una pausa cuando se recuperó, con la voz tan resbaladiza
como una serpiente en un tobogán.
–No digas guarradas –le avisé–, no pienso escuchar cosas así.
Una vez más nos miramos el uno al otro en silencio. Tuve
miedo de no volver a verlo nunca más. A1 fin y al cabo, su
primera visita a Merlotte's no había sido todo un éxito,
precisamente. Así que me esforcé por captar todos los
detalles que pudiera. Atesoraría este encuentro y lo
rememoraría durante mucho, mucho tiempo. Era algo especial,
un premio. Quería tocar de nuevo su piel, porque no lograba
recordar cómo era el tacto. Pero eso iría más allá de cualquier
norma de educación, y además era posible que ante algo así le
diera por empezar de nuevo con esa basura seductora.
–¿Quieres beberte la sangre que han cogido?–me preguntó
de manera inesperada–. Sería para mí un modo de mostrarte
mi gratitud –hizo un gesto hacia los frasquitos bien tapados
que habían quedado sobre el asfalto–. Se supone que mi sangre
mejora vuestra vida sexual y vuestra salud.
–Estoy tan sana como un caballo –le respondí con
sinceridad–, y no tengo vida sexual que mejorar. Haz lo que
quieras con ella.
–Podrías venderla–sugirió, pero pensé que era solo por ver lo
que le respondía a eso.
–No la tocaría ni loca –dije, sintiéndome insultada.
–Eres distinta–dijo–, ¿qué eres? –Por el modo en que me
miraba, parecía estar repasando en su cabeza una lista de
posibilidades. Para mi alivio, no pude oír ni una sola.
–Bueno, soy Sookie Stackhouse, y soy camarera–le
respondí–. ¿Cuál es tu nombre?–pensé que al menos podía
preguntarle eso sin parecer atrevida.
–Bill–dijo él.
Antes de poder evitarlo me eché a reír hasta doblarme por
la mitad.
–¡El vampiro Bill! –dije–. ¡Pensé que sería Antoine, o Basil, o
Langford! ¡Pero Bill! –hacía tiempo que no me reía con tantas
ganas–. Bueno, ya nos veremos, Bill, tengo que volver al
trabajo. –Noté que la mueca tensa volvía a apoderarse de mi
rostro al pensar en Merlotte's. Puse la mano sobre el hombro
de Bill para apoyarme en él y poder levantarme. Era duro como
la roca. Estuve de pie tan rápido que tuve que detenerme para
no tropezar. Me miré los calcetines para asegurarme de que
las vueltas estuvieran bien emparejadas, repasé mi uniforme
en busca de algún roto provocado por la pelea con los Ratas y
finalmente me sacudí el trasero, ya que había estado sentada
sobre el sucio pavimento. Hice un gesto hacia Bill y comencé a
cruzar el estacionamiento.
Había sido una noche estimulante, que dejaba tras de sí
muchas cosas en las que pensar. Al pensar en ello casi me
sentía tan alegre como indicaba mi sonrisa.
Pero Jason iba a enfadarse mucho con lo de la cadena.
Aquella noche, después de terminar el turno, volví en coche
a casa, que solo está a unos seis kilómetros y medio al sur del
bar. A1 regresar del estacionamiento, Jason ya se había ido (y
también DeeAnne), y eso también había supuesto una buena
noticia. Repasaba la noche mientras me acercaba a la casa de
mi abuela, donde yo vivía. Estaba situada justo antes de llegar
al cementerio de Tall Pines, del que sale una estrecha
carretera comarcal de dos carriles. Mi retatarabuelo había
construido la casa y tenía ideas muy firmes sobre la intimidad,
así que para llegar a ella tenías que salir de la carretera
comarcal a la altura de la entrada de la finca, atravesar una
zona de bosque y entonces alcanzabas el claro donde estaba la
casa.
Reconozco que no es ningún edificio histórico, ya que casi
todas las partes antiguas han sido derribadas y reemplazadas
a lo largo de los años, y desde luego tiene electricidad,
sanitarios; aislamiento térmico y todas esas cosas modernas.
Pero todavía conserva un tejado de estaño que brilla cegador
los días de sol. Cuando hubo que reemplazar el tejado, yo
quería ponerle tejas normales, pero mi abuela se negó. Y
aunque yo pagaba la obra era su casa, así que naturalmente se
puso estaño.
Histórica o no, yo llevaba viviendo en aquella casa desde los
siete años, y la había visitado a menudo antes de eso, así que
me era muy querida. Era tan solo una vieja y amplia casa
familiar, demasiado grande para la abuela y para mí, me
imagino. Tenía una amplia entrada cubierta por un porche
enrejado y estaba pintada de blanco, porque la abuela era una
tradicionalista de los pies a la cabeza. Anduve hasta la enorme
sala de estar, llena de muebles deteriorados dispuestos como
a nosotras más nos convenía, y crucé el pasillo hasta el primer
dormitorio a la izquierda, el más grande.
Adele Hale Stackhouse, mi abuela, se recostaba en su alta
cama, con un millón de almohadas rodeando sus flacos
hombros. Vestía un camisón de algodón de largas mangas, a
pesar del calor de aquella noche de primavera, y la lámpara de
la mesita aún estaba encendida. Un libro descansaba sobre su
regazo.
–Hola–dije.
–Hola' cielo.
Mi abuela es muy pequeña y muy vieja, pero sigue
conservando el pelo fuerte, tan blanco que casi muestra unos
debilísimos matices verdes. Durante el día lo lleva recogido a
la altura del cuello, pero de noche se lo deja suelto o en
trenzas. Miré la portada del libro.
–¿Estás leyendo a Danielle Steele otra vez?
–Oh, esa mujer sí que sabe contar una historia. –Los grandes
placeres de mi abuela eran leer a Danielle Steele, ver
teleseries (que ella llamaba sus "historias") y asistir a las
reuniones del millar de clubes a los que, al parecer, había
pertenecido durante toda su vida adulta. Sus favoritos eran
los Descendientes de los Muertos Gloriosos y la Sociedad
Botánica de Bon Temps.
–Adivina lo que ha pasado esta noche –dije.
–¿El qué? ¿Has tenido una cita?
–No –respondí, tratando de mantener una sonrisa en la cara–.
Un vampiro ha venido al bar.
–¡Ooh! ¿Tenía colmillos?
Había visto sus colmillos brillar bajo las luces del
estacionamiento, mientras los Ratas lo desangraban, pero no
había necesidad de explicarle eso a la abuela.
–Claro, pero estaban retraídos.
–Un vampiro aquí, en Bon Temps –la abuelita no estaba nada
contenta con el asunto–. ¿Y ha mordido a alguien del bar?
–¡Oh, no, abuela! Simplemente se sentó y se tomó un vaso de
vino tinto. Bueno, lo pidió, pero no se lo tomó. Creo que solo
buscaba algo de compañía.
–Me pregunto dónde se refugia.
–No creo que vaya a contarle eso a nadie.
–No –dijo la abuela, pensando en ello por un instante–,
supongo que no. ¿Te gusta?
Esa sí que era una pregunta difícil. Reflexioné un poco.
–No lo sé. Parecía bastante interesante–dije con cautela.
–Me encantaría conocerlo–no me sorprendió que la abuela
dijera eso, porque las cosas nuevas le gustaban casi tanto
como a mí. No era una de esas reaccionarias que piensan que
todos los vampiros están malditos, sin conocerlos siquiera–.
Pero será mejor que me duerma ya. Estaba esperando a que
llegaras para apagar las luces.
Me incliné para darle un beso y dije:
–Buenas noches.
Entorné su puerta al salir y oí el clic de la lámpara al
apagarse. Mi gata, Tina, llegó de donde hubiese estado
durmiendo hasta ese momento para frotarse contra mis
piernas; la cogí en brazos y la acaricié un rato antes de sacarla
para que pasara la noche fuera. Miré el reloj: eran casi las dos
de la mañana, y la cama me llamaba.
Mi cuarto estaba justo al otro lado del pasillo respecto al de
la abuela. Cuando usé por primera vez esa habitación, después
de que murieran mis padres, la abuela trasladó hasta ella los
muebles de mi cuarto de la otra casa, para que me sintiera
más a gusto. Y allí estaban todavía, la cama individual y el
neceser de madera blanca, y la pequeña cómoda.
Encendí mi propia lámpara, cerré la puerta y empecé a
desvestirme. Me quedaban al menos cinco pantaloncitos negros
y muchas, muchas camisetas blancas, ya que tendían a
mancharse con suma facilidad. Y ni siquiera merecía la pena
contar todos los pares de calcetines blancos que había
enrollados en el cajón, así que esa noche no era necesario
hacer la colada. Y estaba demasiado cansada para ducharme.
Me lavé los dientes y me desmaquillé, me puse un poco de
crema hidratante y me quité la cinta de la cabeza.
Me metí en la cama con mi camisa de dormir de Mickey
Mouse favorita, queme llega casi hasta las rodillas. Me tendí
de lado, como siempre, y disfruté del silencio de la habitación.
Casi todo el mundo tiene el cerebro apagado a esas horas de la
madrugada, y las vibraciones desaparecen, no tengo que
rechazar ninguna intrusión. Con una paz así, tuve tiempo de
sobra para pensar en los oscuros ojos del vampiro y
deslizarme entonces en el profundo sueño del agotamiento.
Al día siguiente, a la hora de comer, me encontraba sobre mi
tumbona plegable de aluminio, en el patio delantero,
poniéndome cada vez más morena. Llevaba puesto mi vestido
de dos piezas preferido, sin tirantes, que por cierto me
quedaba más holgado que el verano anterior, así que estaba
más contenta que unas castañuelas.
Entonces oí que se acercaba un vehículo por el camino de
entrada y la camioneta negra de Jason, con sus blasones rosas
y celestes, se detuvo a menos de un metro de mis pies.
Jason descendió hasta el suelo (¿he mencionado que su
camioneta luce esas ruedas enormes?) y se me acercó. Vestía
sus ropas habituales de trabajo: camisa y pantalones caquis, y
llevaba un cuchillo de monte encajado en el cinturón, como casi
todos los trabajadores de carreteras del condado. Por el
modo en que andaba, supe que estaba cabreado.
Me puse las gafas de sol.
–¿Por qué no me has dicho que les diste una paliza a los
Rattray anoche? –Mi hermano se dejó caer en la silla de
aluminio para exteriores que había junto a mi tumbona–.
¿Dónde está la abuela? –añadió con retraso.
–Colgando la colada–respondí. La abuela usaba la secadora
cuando era necesario, pero adoraba tender la ropa mojada al
sol. Y desde luego, la cuerda para tender estaba en el patio
trasero, como debe ser–. Está preparando bistec al estilo
campero, boniatos y habichuelas que recogió el año pasado,
para la comida –dije, sabiendo que eso distraería un poco a
Jason. Confié en que la abuela siguiera en la parte de atrás, no
quería que escuchara aquella conversación–. Mantén la voz
baja –le recordé.
–Rene Lenier estaba impaciente esta mañana por contármelo
todo, en cuanto he entrado a trabajar. Se pasó por la caravana
de los Rattray anoche para comprarles un poco de hierba, y
Denise apareció con el coche como si quisiera asesinar a
alguien. Rene dice que lo podría haber matado de lo furiosa
que estaba. Entre los dos pudieron subir a Mack a la caravana,
y después lo llevaron al hospital de Monroe –Jason me lanzó
una mirada acusadora.
–¿Y te ha contado Rene que Mack me atacó con un cuchillo? –
pregunté, decidiendo que el mejor modo de enfrentarme a
aquello era pasar a la ofensiva. Sabía que el enfado de Jason
se debía en gran medida al hecho de haberse enterado por una
tercera persona.
–Pues si Denise se lo dijo a Rene, él no me lo ha contado –
respondió jason lentamente, y vi que su atractivo rostro
enrojecía por la furia–. ¿Te atacó con un cuchillo?
–Sí, así que tuve que defenderme–dije, como si fuera algo
obvio–. Y se llevó tu cadena–todo era cierto, aunque un poco
sesgado–. Volví para contártelo, pero cuando regresé al bar ya
te habías marchado con DeeAnne –proseguí–, y como yo estaba
bien, no me pareció que mereciera la pena salir a buscarte.
Sabía que te sentirías obligado a ir a por él si te contaba lo
del cuchillo –añadí de manera diplomática. Aquello tenía un
mayor porcentaje de verdad, ya que Jason adora las peleas.
–¿Pero qué demonios estabas haciendo allí? –me preguntó,
aunque mucho más relajado. Supe que estaba empezando a
asumirlo.
–¿Sabías que, además de vender drogas, los Ratas son
desangradores de vampiros?
Ahora se lo veía fascinado.
–No... ¿y?
–Bueno, uno de mis clientes de anoche era un vampiro, y
estaban dejándolo seco en el estacionamiento de Merlotte's.
¡No podía permitirlo!
–¿Hay un vampiro en Bon Temps?
–Sí. Y aunque no quieras tener a uno como mejor amigo, no
puedes dejar que una escoria como los Ratas lo drenen. No es
como robar gasolina del depósito de un coche. Y lo habrían
dejado entre los árboles para que muriera. –Aunque los Ratas
no me habían revelado sus intenciones, eso era lo que yo
suponía. Incluso aunque le hubieran puesto a cubierto para que
pudiera sobrevivir al sol, un vampiro drenado tarda más de
veinte años en recuperarse, o al menos eso es lo que dijo uno
de ellos en el programa de Oprah1. Y eso si otro vampiro puede
encargarse de él.
–¿Y el vampiro estaba en el bar cuando yo me fui? –
preguntó Jason asombrado.
–Ajá. El tipo de pelo oscuro que se sentaba con los Ratas.
Jason sonrió ante mi calificativo para los Rattray. Pero
todavía no estaba dispuesto a dejar pasar lo de la noche
anterior.
–¿Cómo supiste que era un vampiro? –me preguntó, pero al
mirarme supe que hubiese preferido morderse la lengua.
–Simplemente lo supe–dije, con mi tono más anodino.
–Muy bien–y compartimos toda una muda conversación.
–Homulka no tiene un vampiro–dijo Jason mientras
reflexionaba. Echó atrás la cara para que le diera el sol, y
1 Un reality show estadounidense muy popular, conducido por Oprah Winfrey. N. del T.
supe que habíamos dejado atrás el terreno peligroso.
–Cierto –reconocí. Homulka es el pueblo que Bon Temps
adora odiar. Hemos sido rivales en fútbol americano, en
baloncesto y en importancia histórica desde hace
generaciones.
–Ni tampoco Roedale–dijo la abuela desde detrás nuestro,
provocando que tanto Jason como yo nos levantáramos. He de
reconocer que, siempre que ve a la abuela, Jason se pone en
pie y le da un abrazo.
–Abuela, ¿tienes suficiente comida en el horno para mí?
–Para ti y para dos más –dijo la abuela mientras le sonreía.
No ignoraba los defectos de Jason (ni los míos), pero lo
quería–. Acaba de llamarme Everlee Mason, y me ha contado
que anoche te liaste con DeeAnne.
–¡Oh, cielos! ¿Es que no puedes hacer nada en este pueblo sin
que todo el mundo lo sepa? –respondió Jason, aunque no
estaba realmente enfadado.
–Esa DeeAnne– añadió la abuela con tono de advertencia
mientras entrábamos en la casa –ya ha estado embarazada una
vez, que yo sepa. Tú ten cuidado y que no tenga uno tuyo, o
estarás pasándole dinero el resto de tu vida. ¡Aunque claro,
igual esa es la única manera de que yo tenga bisnietos algún
día!– La abuela ya tenía la comida sobre la mesa, así que en
cuanto Jason trajo su silla nos sentamos y bendijimos la mesa,
tras lo cual la abuela y él comenzaron a compartir rumores
(aunque ellos lo llaman "ponerse al día") sobre los habitantes
de nuestro pequeño pueblo y su parroquia2. Mi hermano
trabaja para el estado, supervisando los grupos de
mantenimiento de carreteras. A mí me daba la impresión de
que la jornada de trabajo de Jason consistía en ir de un lado
para otro en una camioneta oficial, fichar a la salida, y
entonces ir de un lado para otro con su propia camioneta. Rene
estaba en uno de los grupos de trabajo que supervisaba Jason,
y habían ido juntos al instituto. Salen bastante con Hoyt
2 En Luisiana, los condados se llaman parroquias. N. del T.
Fortenberry.
–Sookie, he tenido que sustituir el calentador de agua de
casa –dijo Jason de modo repentino. Él vive en el viejo edificio
de mis padres, en el que residíamos los cuatro cuando ellos
murieron en la riada. Después de aquello nos trasladamos con
la abuela, pero cuando Jason terminó sus dos años de colegio
universitario y empezó a trabajar para el estado, volvió a
aquella casa, que sobre el papel es mitad mía.
–¿Necesitas algo de dinero?–pregunté.
–Qué va, tengo suficiente.
Los dos contamos con nuestros salarios, pero además nos
llegan pequeños beneficios de un fondo que se creó cuando
abrieron un pozo de petróleo en las tierras de mis padres. El
pozo se secó en unos pocos años, pero mis padres y después la
abuela se aseguraron de invertir bien el dinero. Ese colchón
nos había ahorrado a mí y a Jason un montón de problemas. No
sé cómo hubiera podido mantenernos la abuela de no haber
sido por aquel dinero. Ella estaba decidida a no vender ni una
parcela de las tierras, pero sus ingresos se reducen a los de la
seguridad social. Esa es una de las razones por las que no me
he ido a un apartamento: si vivo con ella y traigo comida, le
parece razonable; pero si compro la comida, la llevo a su casa y
la dejo en la mesa, y después me vuelvo a mi casa, eso es
caridad y la pone furiosa.
–¿Y de qué tipo lo has colocado? –le pregunté, solo para
mostrar interés.
Estaba ansioso por contárnoslo. Jason es un fanático de los
aparatos eléctricos y quería describirnos con detalle todas las
comparaciones que había hecho antes de comprar el nuevo
calentador. Lo escuché con toda la atención que pude reunir.
Justo en ese momento se interrumpió y dijo:
–Ey, Sook, ¿te acuerdas de Maudette Pickens?
–Claro –respondí sorprendida–. Fuimos a la misma clase.
–Pues alguien la asesinó en su apartamento anoche.
La abuela y yo nos quedamos atónitas.
–¿Cuándo? –preguntó la abuela, asombrada por no haberse
enterado antes.
–La han encontrado esta misma mañana en su dormitorio. Su
jefe la llamó por teléfono para saber por qué no había ido a
trabajar ni ayer ni hoy, y al no recibir respuesta fue hasta allí,
convenció al portero y abrieron el cerrojo de la puerta.
¿Sabías que tenía el apartamento enfrente del de DeeAnne? –
Bon Temps solo tiene un complejo legal de apartamentos de
alquiler, un conjunto de tres edificios, cada uno de dos plantas
en forma de U, así que sabíamos exactamente de qué lugar nos
hablaba.
–¿La mataron allí? –Me sentí enferma. Recordaba con
claridad a Maudette: tenía una mandíbula muy prominente y el
culo cuadrado, un pelo negro muy bonito y hombros firmes. Era
buena empleada, pero ni brillante ni ambiciosa. Me parecía
recordar que trabajaba en el Grabbit Kwik, una gasolinera y
cafetería, y así lo comenté.
–Sí, llevaba trabajando allí más o menos un año, calculo yo –
confirmó Jason.
–¿Cómo lo hicieron?–Mi abuela puso esa mueca de "dímelo sin
rodeos" que usa la gente amable cuando pregunta por las malas
noticias.
–Tenía algunos mordiscos de vampiro en sus... eh... la cara
interna de los muslos–dijo mi hermano, sin levantar los ojos
del plato–. Pero no fue eso lo que la mató. Fue estrangulada.
DeeAnne me contó que a Maudette le gustaba ir a ese bar de
vampiros de Shreveport en cuanto tenía un par de días libres,
así que puede que fuera allí donde la mordieron. Es posible que
no fuera el vampiro de Sookie.
–¿Maudette era una colmillera? –sentí náuseas al
imaginarme a la achaparrada y mentalmente cortita Maudette
envuelta en los exóticos ropajes negros tan queridos por los
colmilleros.
–¿Qué es eso? –preguntó la abuela. Debió de perderse
Sally–Jessy3 el día que analizaron ese fenómeno.
–Son hombres y mujeres que salen con vampiros, les gusta
que los muerdan. Son como fans de los vampiros. Pero me
parece a mí que no duran mucho, porque quieren que los
muerdan todo e1 rato, y antes o después reciben un mordisco
de más.
–Pero no fue un mordisco lo que mató a Maudette –la abuela
quería asegurarse de haber entendido eso.
–No, estrangulamiento. –Jason ya estaba terminando su
comida.
–¿No pones siempre gasolina en el Grabbit?–le pregunté.
–Claro, como mucha gente.
–¿Y no salías de vez en cuando con Maudette? –preguntó la
abuela.
–Bueno, hasta cierto punto–respondió Jason con cautela.
Me pareció que eso quería decir que se acostaba con
Maudette cuando no podía conseguir a ninguna otra.
–Espero que el sheriff no quiera hablar contigo–añadió la
abuela, sacudiendo la cabeza corno si ese gesto lo hiciera
menos factible.
–¿Qué? –Jason estaba rojo, y se puso a la defensiva.
–Bueno, ves a Maudette en la tienda cada vez que pones
gasolina, más o menos sales con ella, y acaba muerta en unos
apartamentos con los que tienes familiaridad– resumí. No era
mucho, pero sí algo, y hay tan pocos homicidios misteriosos en
Bon Temps que estaba segura de que removerían cielo y tierra
en la investigación de este.
–No soy el único que encaja en ese perfil. Muchísimos otros
tíos ponen gasolina allí, y todos conocen a Maudette.
–Sí, ¿pero en qué sentido?–espetó la abuela–. No era una
prostituta, ¿verdad? Así que le habrá comentado a alguien con
quién salía.
–Simplemente le gustaba pasárselo bien, no era una
profesional. –Fue bonito por su parte defender a Maudette,
3 Otro programa de televisión, este de Sally Jessy Raphael. N. del T.
considerando lo que yo sabía del carácter egoísta de Jason.
Empecé a tener mejor opinión de mi hermano mayor–. Y se
sentía algo sola, supongo–añadió.
Jason nos miró a las dos entonces, y vio que estábamos
sorprendidas y conmovidas.
–Hablando de prostitutas –prosiguió con rapidez–, hay una en
Monroe especializada en vampiros. Siempre tiene cerca un
tipo con una estaca por si alguno va demasiado lejos. Bebe
sangre sintética para mantenerse con las reservas sanguíneas
altas.
Era desde luego un cambio de tema bastante definitivo, así
que la abuela y yo tratamos de pensar alguna pregunta que
pudiéramos hacer sin resultar indecentes.
–Me pregunto cuánto cobra– aventuré a comentar, y cuando
Jason nos dijo la cifra nos quedamos asombradas.
Una vez quedó atrás el asunto del asesinato de Maudette, la
comida prosiguió como siempre, con Jason mirando su reloj y
diciendo que tenía que irse justo cuando tocaba lavar los
platos.
Pero descubrí que la abuela todavía le daba vueltas a lo de
los vampiros. Un rato después vino a mi habitación, mientras
me maquillaba para ir a trabajar.
–¿Qué edad crees que tiene el vampiro, el que conociste?
–No tengo ni idea, abuela –estaba aplicándome la máscara de
pestañas, con los párpados muy abiertos y tratando de
mantenerme inmóvil para no meterme el maquillaje en un ojo,
así que mi voz tuvo un tono agudo, como si estuviera
practicando para una película de terror.
–¿Crees que... podría recordar la Guerra?
No hizo falta preguntar qué guerra. Al fin y al cabo, la
abuela era miembro fundador de los Descendientes de los
Muertos Gloriosos.
–Podría ser–dije, moviendo la cara de lado a lado para
asegurarme de que el colorete estaba bien repartido.
–¿Crees que podría venir para hablamos sobre ello?
Podríamos tener una reunión especial.
–De noche–le recordé.
–Oh, sí, claro, tendría que ser de noche. –Los Descendientes
suelen reunirse a mediodía en la biblioteca y llevarse la comida
en una bolsa.
Pensé en ello. Sería muy grosero por mi parte acercarme al
vampiro y sugerirle que debía dar una charla en el club de la
abuela porque yo le había salvado de que los desangradores lo
dejaran seco, pero quizá él se ofreciera si le daba una pista...
No me apetecía, pero lo haría por la abuela.
–Se lo preguntaré la próxima vez que vaya–prometí.
–O al menos podría hablar conmigo y yo grabaría sus
recuerdos–comentó ella. Casi pude oír cómo giraban los
engranajes de su cabeza al pensar en el espaldarazo que
supondría para ella algo así–. Sería tan interesante para los
otros miembros del club... –dijo con modestia.
Contuve las ganas de reír.
–Se lo comentaré –repetí– Ya veremos.
Cuando me marché, la abuela ya estaba vendiendo la piel del
oso.
No pensé que Rene Lenier fuera a irle a Sam con la historia
de la pelea en el estacionamiento, pero parecía que Rene tenía
mucho tiempo libre. Cuando entré a trabajar esa tarde, pensé
que la agitación que se sentía en el ambiente se debía al
asesinato de Maudette. Pronto descubrí lo contrario.
Sam me hizo pasar al almacén en cuanto llegué. Estaba
botando de rabia, y me leyó la cartilla del derecho y del revés.
Sam nunca se había enfadado conmigo, así que enseguida
estuve a un pelo de llorar.
–Y si crees que un cliente no está a salvo, me lo dices y yo
me encargaré de ello, no tú. –Lo estaba diciendo por sexta
vez, y al fin me di cuenta de que había estado preocupado por
mí. Lo capté en su mente, justo antes de reforzar mi negativa
rotunda a "escucharlo". Escuchar a tu jefe lleva al desastre.
No se me había ocurrido en ningún momento pedir ayuda a
Sam, o a cualquier otro.
–Y si crees que están haciendo daño a alguien en nuestro
estacionamiento, lo que debes hacer es llamar a la policía, no
lanzarte a la refriega como una patrulla ciudadana –añadió
enojado. Su piel, siempre rubicunda, estaba más roja que
nunca, y su áspero pelo dorado tenía aspecto despeinado.
–De acuerdo–dije, tratando de mantener una voz serena y
los ojos muy abiertos para que no cayeran las lágrimas–. ¿Vas a
despedirme?
–¡No, no! –exclamó, al parecer aún más enfadado–. ¡No quiero
perderte! –Me cogió por los hombros y me dio un pequeño
achuchón. Entonces se quedó mirándome con sus ojos grandes
y azules, y sentí una oleada de calor que emanaba de él. El
contacto físico acelera mi discapacidad, hace imperativo que
escuche a la persona que me toca. Lo miré fijamente a los ojos
durante un largo instante; entonces recobré el control y me
retiré al tiempo que sus brazos me soltaban. Me giré y salí del
almacén, asustada.
Había aprendido un par de cosas desconcertantes: que Sam
me deseaba y que no podía oír sus pensamientos con tanta
claridad como los de otra gente. Sentí oleadas con
impresiones de lo que él sentía, pero no pensamientos. Se
parecía más a llevar un anillo anímico4 que a recibir un fax.
Así que, ¿qué haría con esas informaciones? Absolutamente
nada.
Nunca antes había considerado a Sam un hombre con el que
irse a la cama (o al menos con el que yo me iría a la cama) por
muchos motivos. Pero el más sencillo es que nunca miraba a
nadie así, no porque me faltaran hormonas (¡y tanto que las
tenía!), sino porque siempre las estoy conteniendo, ya que para
mí el sexo es un desastre. ¿Puede alguien imaginarse lo que
4 Anillos de cuarzo que cambian de color con la temperatura corporal, y que supuestamente indican el estado de
ánimo. N. del T.
significa saber todo lo que está pensando tu pareja sexual?
Sí, cosas como "Dios, mira qué lunar... tiene el culo un poco
gordo... me gustaría que se moviera un poco ala derecha... ¿por
qué no capta la idea y...?". Ya sabéis de lo que hablo. Es como
un jarro de agua fría para las emociones, creedme. Y durante
el coito, no hay manera posible de mantener una barrera
mental de ningún tipo.
Otra razón es que Sam me gusta como jefe, y también me
gusta mi trabajo, porque me obliga a salir, me mantiene activa
y gano algo de dinero, de modo que no me convierta en la
especie de reclusa solitaria que mi abuela teme que acabe
siendo. Trabajar en una oficia me resulta complicado, y me fue
imposible acabar el colegio universitario por la espantosa
concentración que debía mantener. Me dejaba agotada.
Así que, en aquel momento, tan solo quise meditar sobre la
oleada de deseo que había sentido emanar de él. No era como
si me hubiera hecho una proposición verbal o me hubiera
arrojado sobre el suelo del almacén. Conocía sus sentimientos
y podía ignorarlos si quería. Aprecié la delicadeza de la
situación y me pregunté si Sam me había tocado a propósito, si
realmente sabía lo que me pasaba.
Me cuidé de quedarme a solas con él, pero tengo que admitir
que esa noche me sentí muy agitada.
Las siguientes dos noches fueron mejores. Retomamos
nuestra confortable relación y me noté aliviada. Y disgustada.
También estuve muy ocupada, ya que el asesinato de Maudette
hizo que tuviéramos más afluencia en Merlotte's. Por Bon
Temps circulaba toda clase de rumores, y el programa de
noticias de Shreveport hasta preparó un breve reportaje
sobre la terrible muerte de Maudette Pickens. Yo no fui al
funeral, pero la abuela sí y me contó que la iglesia estaba llena
a rebosar. La pobre Maudette, esa zoquete de muslos
mordidos, resultó más interesante muerta de lo que había sido
nunca viva.
Pronto me tocarían dos días libres y tenía miedo de no poder
contactar más con el vampiro, Bill. Tenía que transmitirle la
petición de mi abuela, pero él no había vuelto al bar y
empezaba a preguntarme si lo haría alguna vez.
Mack y Denise tampoco habían vuelto a Merlotte's, pero
Rene Lenier y Hoyt Fortenberry se aseguraron de que supiera
que habían amenazado con hacerme cosas horribles. No puedo
decir que me sintiera muy asustada: la escoria criminal como
los Ratas abunda en las autopistas y estacionamientos de
caravanas de toda América, sin la inteligencia ni la moral
necesarias para asentarse y dedicarse a una vida provechosa.
Nunca dejarían una señal positiva en el mundo ni tendrían la
menor relevancia, a mi modo de ver. Pasé de las advertencias
de Rene.
Pero a él le encantaba comunicármelas. Rene Lenier era
pequeño como Sam, pero así como Sam era rubicundo y rubio,
Rene era moreno y tenía una pelambrera negra con algunas
canas grises que le cubría toda la cabeza. Rene solía venir al
bar y charlar con Arlene porque (como le gustaba contar a
todo el mundo en el bar) ella era su ex–esposa favorita. Había
tenido tres. Hoyt Fortenberry era un cero a la izquierda, aún
más que Rene. No era ni moreno ni rubio, ni grande ni pequeño.
Siempre parecía alegre y dejaba propinas decentes. Y
admiraba a mi hermano Jason más de lo que este se merecía,
en mi opinión.
Me alegró que ni Rene ni Hoyt estuvieran en el bar la noche
que regresó el vampiro.
Se sentó en la misma mesa.
Ahora que de verdad lo tenía delante, me sentí un poco
cortada. Descubrí que ya me había olvidado del casi
imperceptible brillo de su piel, y había exagerado su altura y
las líneas bien definidas de su boca.
–¿Qué puedo servirte?–le pregunté.
Me miró. También había olvidado lo profundos que eran sus
ojos. No sonrió ni parpadeó, estaba completamente inmóvil.
Por segunda vez, su silencio me relajó; cuando dejo caer mi
guardia noto que se me relaja la cara, y es tan agradable como
que te den un masaje (aunque eso es solo una conjetura).
–¿Qué eres? –me preguntó. Era la segunda vez que quería
saberlo.
–Soy una camarera–dije, malinterpretándolo de nuevo a
propósito. Pude notar que mi sonrisa volvía a su sitio; mi
pequeño intervalo de paz había desaparecido.
–Vino tinto–pidió, y si estaba disgustado su voz no lo dejó
entrever.
–Por supuesto –respondí–. La sangre sintética debería llegar
en el camión de mañana. Escucha, ¿podría hablar contigo
después del trabajo? Tengo que pedirte un favor.
–Desde luego. Estoy en deuda contigo –y no sonó nada
contento por ello.
–¡No es para mí! –yo también me sentí algo ofendida–. Es
para mi abuela. Si estás despierto... bueno, supongo que lo
estarás. Cuando salga del trabajo a la una y media, ¿te
importaría esperarme en la puerta de empleados, detrás del
bar? –Señalé en esa dirección, y la coleta me bailó sobre los
hombros. Sus ojos siguieron el movimiento de mi pelo.
–Será un placer.
No supe si estaba mostrando la cortesía que, según insistía
la abuela, era la norma en tiempos pretéritos, o si simplemente
se estaba burlando de mí. Resistí la tentación de sacarle la
lengua o de hacerle una pedorreta. Di media vuelta y regresé a
la barra. Cuando le traje el vino, me dejó una propina del
veinte por ciento. Poco después miré a su mesa y me di cuenta
de que había desaparecido. Me pregunté si mantendría su
palabra.
Arlene y Dawn se marcharon antes de que yo terminara, por
una razón o por otra, pero sobre todo porque todos los
servilleteros de mi zona resultaron estar casi vacíos. Por
último recogí mi bolso de la taquilla (con cerradura) del
despacho de Sam, donde lo guardo mientras trabajo, y me
despedí del jefe. Pude oírlo trastear en el lavabo de hombres,
probablemente tratando de arreglar el váter que perdía agua.
Me detuve un instante en el de mujeres para echarle un ojo a
mi peinado y al maquillaje.
Cuando salí, observé que Sam ya había apagado las luces del
estacionamiento para clientes. Solo la farola del poste del
tendido eléctrico, junto a su caravana, iluminaba el de
empleados. Pa ra deleite de Arlene y Dawn, Sam había puesto
un jardincillo delante de la caravana y había plantado boj en él,
y constantemente estaban tomándole el pelo con la pulcra
línea de su seto. En mi opinión quedaba muy bonito.
Como siempre, el camión de Sam estaba aparcado delante de
la caravana, así que mi coche era el único que quedaba en el
estacionamiento.
Me estiré y miré a todos lados. Ni señal de Bill. Me
sorprendió que aquello me disgustara tanto, había esperado de
él que fuera cortés, aunque no le saliera del corazón (¿tenía
corazón?).
Tal vez, pensé, saltaría desde un árbol o aparecería en
medio d e una nube de humo delante de mí, envuelto con una
capa negra de forro rojo. Pero nada de eso ocurrió, así que
caminé hasta el coche.
Me esperaba una sorpresa, pero no la que me llevé.
Mack Rattray surgió desde detrás de mi coche y en una
zancada se acercó lo suficiente para golpearme la mandíbula.
No se contuvo lo mínimo, y caí sobre la grava como un saco de
cemento. Dejé escapar un grito mientras caía, pero el golpe
con el suelo me dejó sin aliento y sin algo de piel, y quedé en
silencio, indefensa y sin poder respirar. Entonces vi a Denise,
vi cómo balanceaba su pesada bota, y tuve la reacción justa
para encogerme antes de que los Rattray comenzaran a darme
patadas.
El dolor fue inmediato, intenso y despiadado. Me cubrí de
modo instintivo la cara con los brazos, por lo que lo peor me lo
llevé en los antebrazos, las piernas y la espalda.
Creo que al principio, durante los primeros golpes, estaba
segura de que se detendrían, me escupirían sus amenazas y
advertencias y se marcharían. Recuerdo el momento exacto en
el que me di cuenta de que trataban de matarme. Podía
quedarme allí quieta y soportar una simple paliza, pero no me
iba a quedar in móvil para que me mataran.
En cuanto tuve cerca una pierna, me lancé a agarrarla y me a
ferré a ella como si me fuera la vida en el intento. Traté de
morder, al menos de dejarle una marca a uno de ellos. Ni
siquiera sabía bien de quién era la pierna.
Entonces, desde atrás se oyó un gruñido. Oh, no, pensé, se
han traído un perro. El gruñido era claramente hostil. Si
hubiese tenido algún modo de expresar mis emociones, se me
habría puesto el pelo de punta.
Recibí otra patada en la columna, y la paliza terminó.
La última patada me había hecho algo malo. Pude oír mi
propia respiración, los estertores y un extraño sonido
borboteante que parecía provenir de mis pulmones.
–¿Qué demonios es eso?–preguntó Mack Rattray, y sonaba
asaz aterrado.
Volví a oír el gruñido, más cercano, justo detrás de mí. Y de
otra dirección me llegó una especie de graznido. Denise
comenzó a lamentarse, Mack soltaba tacos. Ella liberó su
pierna de mi abrazo, que ya era muy débil. Mis brazos cayeron
inertes al suelo; parecía que no obedecían mis órdenes. Aunque
tenía la visión borrosa, pude ver que mi brazo derecho estaba
roto. Notaba el rostro húmedo, y me dio miedo seguir
evaluando mis heridas.
Mack comenzó a gritar y después también Denise, y de
repente surgió a mi alrededor un revuelo de actividad, pero yo
no podía moverme. Lo único que podía ver era mi brazo roto,
mis rodillas magulladas y la zona oscura de debajo del coche.
Poco después se impuso el silencio. Detrás, el perro gimió.
Una nariz fría me tocó la oreja y una lengua cálida la lamió.
Traté de alzar la mano para acariciar al animal que, sin lugar a
dudas, me había salvado la vida, pero no fui capaz. Me oí llorar,
un sonido que parecía venir desde muy lejos.
Enfrentándome a los hechos, dije:
–Me muero. –Empezaba a parecerme cada vez más y más
factible. Las ranas y los grillos que solían llenar de ruidos la
noche habían callado al comenzar la pelea y el ruido en el
estacionamiento, así que mi débil voz surgió clara y se
derramó por la oscuridad. Aunque parezca extraño, poco
después oídos voces.
Un par de rodillas, cubiertas por unos vaqueros manchados
de sangre, entraron en mi campo de visión. El vampiro Bill se
inclinó para que pudiera verle la cara. Tenía sangre alrededor
de la boca y los colmillos desplegados, de un blanco reluciente
que contrastaba sobre su labio inferior. Traté de sonreírle,
pero mi rostro no acababa de funcionar bien.
–Voy a levantarte–dijo Bill. Parecía tranquilo.
–Moriré si lo haces –susurré.
Me estudió con mucha atención.
–Aún no–dijo después de evaluarme. Curiosamente, eso hizo
que me sintiera mejor. La cantidad de heridas que habrá visto
en su vida, pensé.
–Esto te va a doler–me previno. Era difícil imaginarse algo
que no me fuera a doler.
Pasó los brazos por debajo de mi cuerpo antes de que me
diera tiempo a asustarme. Grité, pero débilmente.
–Rápido –dijo otra voz con tono de urgencia.
–Vayamos a los árboles, donde no nos vean –dijo Bill, aupando
mi cuerpo como si no pesara nada.
¿Iban a enterrarme allí atrás, donde no les viera nadie?
¿Justo después de rescatarme de los Ratas? Casi ni me
importaba. Sentí un pequeño alivio cuando me dejó sobre un
manto de agujas de pino en la oscuridad del bosque. En la
distancia pude ver el resplandor de la luz del estacionamiento.
Me di cuenta de que me goteaba sangre por el pelo, y noté el
dolor del brazo roto y el padecimiento de las profundas
magulladuras, pero lo peor era lo que no sentía.
No sentía las piernas.
Notaba el abdomen lleno y pesado. La expresión "hemorragia
interna" se coló entre mis pensamientos, así de lúgubres eran.
–Morirás a no ser que hagas lo que te diga –me explicó Bill.
–Lo siento, no quiero ser una vampira–respondí, con voz
frágil y temblorosa.
–No, no lo serás–me dijo con más amabilidad–. Sanarás
rápidamente, tengo una cura. Pero debes estar dispuesta.
–Entonces úsala –susurré–. Me voy–pude notar que el peso de
la desesperación tiraba de mí.
La pequeña parte de mi cerebro que aún recibía señales del
inundo exterior oyó a Bill gruñir como si lo hubieran herido.
Entonces me pusieron algo en la boca.
–Bebe–dijo.
Traté de sacar la lengua; lo logré. Bill estaba sangrando,
apretándose la herida para que el flujo de sangre de su
muñeca llegara hasta mi boca. Sentí arcadas, pero quería vivir.
Me obligué a tragar, y a tragar una vez más.
De repente la sangre me supo bien, salada, el líquido de la
vida. Alcé el brazo que no tenía roto y apreté la muñeca del
vampiro contra mis labios. Me sentía mejor con cada trago. Y
después de un minuto me venció el sueño.
Cuando me desperté, estaba todavía entre los árboles,
tumbada sobre el suelo. Alguien estaba tumbado junto a mí;
era el vampiro. Pude ver su resplandor, y noté que su lengua se
movía sobre mi cabeza. Estaba lamiendo la herida de mi cuero
cabelludo. Difícilmente podía echárselo en cara.
–¿Tengo un sabor distinto al de otra gente? –pregunté.
–Sí –dijo con voz espesa–. ¿Qué eres?
Era la tercera vez que me lo preguntaba. A la tercera va la
vencida, como siempre dice la abuela.
–Oye, no soy una muerta–le dije. De repente recordé que ya
debía de estar curada. Meneé el brazo, el que estaba roto.
Tenía poca fuerza pero ya no colgaba inerte. También podía
sentir las piernas y moverlas. Inspiré y respiré de modo
experimental, y el leve dolor que sentí me alegró. Traté de
sentarme. Demostró requerir todo un esfuerzo, pero no me
fue imposible. Me recordó a cuando era niña, al primer día sin
fiebre después de superar la neumonía: débil pero dichosa.
Era consciente de haber sobrevivido a algo terrible.
Antes de que pudiera enderezarme del todo, puso sus
brazos bajo mi cuerpo y me acercó a él. Se arrimó a un árbol y
me sentí muy cómoda así apoyada, con la cabeza en su pecho.
–Lo que soy es telépata –le dije–. Puedo escuchar los
pensamientos de la gente.
–¿Incluso los míos? –en su voz parecía haber solo curiosidad.
–No. Por eso me gustas tanto –respondí, flotando en un mar
de bienestar rosado. No me preocupaba por disimular mis
sentimientos.
Rió y sentí que su pecho retumbaba. La risa sonaba algo
oxidada.
–No te puedo oír en absoluto–continué diciendo tonterías
con voz somnolienta–. No tienes ni idea de lo agradable que es.
Tras una vida de bla bla bla, no oír... nada.
–¿Cómo consigues salir con hombres? Con los chicos de tu
edad, seguro que su única idea es cómo llevarte a la cama.
–Bueno, no lo consigo. Y francamente, a cualquier edad creo
que su objetivo es llevarse a una mujer a la cama. No tengo
citas. Todo el mundo piensa que estoy loca, ya lo sabes, porque
no puedo decirles la verdad, que lo queme vuelve loca son
todos sus pensamientos y todas esas mentes. Tuve unas pocas
citas cuando comencé a trabajar en el bar, con chicos que no
habían oído hablar de mí. Pero era lo mismo de siempre. No
puedes concentrarte en estar a gusto con un chico, u olvidarte
de las preocupaciones del día, cuando oyes que se preguntan si
eres teñida o creen que no tienes un culo bonito, o se imaginan
cómo serán tus tetas.
De repente me sentí más alerta, y me di cuenta de todo lo
que le estaba revelando de mí misma a aquella criatura.
–Discúlpame –le dije–, no quería agobiarte con mis
problemas. Gracias por salvarme de los Ratas.
–Si te han atacado es por mi culpa–respondió. Pude notar que
por debajo de la tranquila superficie de su voz latía la furia–.
Si hubiese tenido la cortesía de llegar a tiempo, esto no
habría ocurrido. Así que te debía parte de mi sangre, te debía
–¿Están muertos? –para mi vergüenza, mi voz sonó
chirriante.
–Y tanto.
Tragué saliva. No podía lamentar que el mundo se hubiera
liberado de los Ratas. Pero tenía que enfrentarme a ello cara a
cara, no debía olvidarme de que me sentaba en el regazo de un
asesino. Aunque me sentía bastante feliz allí, rodeada por sus
brazos.
–Eso debería preocuparme, pero no lo hace –exclamé, antes
de darme cuenta de lo que decía. Sentí de nuevo esa risa
vigorosa.
–Sookie, ¿de qué querías hablarme antes?
Tuve que esforzarme para poder recordarlo. Aunque
físicamente me había recuperado de manera milagrosa de la
paliza, mentalmente aún me sentía un poco confusa.
–Mi abuela tiene muchas ganas de saber cuántos años
tienes–dije dubitativa. No sabía hasta qué punto era personal
esa pregunta para un vampiro. Aquel en cuestión me acariciaba
la espalda como si tratara de calmar a un gatito.
–Me convirtieron en vampiro en 1870, cuando tenía treinta
años de edad. –Alcé la mirada; su rostro reluciente carecía de
expresión, sus ojos eran pozos de negrura en la oscuridad del
bosque.
–¿Luchaste en la Guerra?
–Sí.
–Tengo la sensación de que te vas a enfadar, pero los harías
tan felices a ella y a los de su club si les cuentas un poco de la
Guerra, de cómo fue en realidad...
–¿Su club?
–Pertenece a los Descendientes de los Muertos Gloriosos.
–Muertos Gloriosos... –la voz del vampiro resultaba
indescifrable, pero yo estaba bastante segura de que no se
sentía contento.
–Escucha, no tienes que contarles nada de los gusanos y las
enfermedades y el hambre–le dije–. Tienen su propia idea de
la Guerra, y aunque no son estúpidos (han vivido otras guerras)
les gustaría más enterarse de cómo vivía entonces la gente,
los uniformes y los movimientos de tropas.
–Cosas agradables.
Respiré profundamente.
–Sí.
–¿Te haría feliz si lo hago?
–¿Y qué importa eso? Haría feliz a la abuela, y como estás en
Bon Temps y pareces querer vivir por aquí, sería un buen
movimiento de relaciones públicas por tu parte.
–¿Te haría feliz?
No era un tipo al que pudieras despistar.
–Vale, sí.
–Entonces lo haré.
–La abuela dice que será mejor que comas antes de ir –
añadí.
Escuché de nuevo esa risa retumbante, esta vez más
profunda.
–Me encantará conocerla. ¿Puedo pasar a verte alguna
noche?
–Ah, claro. Mañana por la noche me toca el último turno, y
después tengo dos días libres, así que la del jueves sería una
buena noche. –Alcé la muñeca para mirar el reloj. Todavía
funcionaba, pero la esfera estaba cubierta de sangre seca–
Arg, qué asco–dije, mojándome el dedo en la boca y limpiando
el reloj con la saliva. Apreté el botón que iluminaba las
manecillas y me sobresalté al ver la hora que era–. Oh, cielos,
tengo que irme a casa. Espero que la abuela se haya ido a
dormir.
–Debe de preocuparla que estés fuera y sola tan tarde por
las noches –sonaba a reproche. ¿Estaría pensando en
Maudette? Experimenté un momento de intranquilidad,
preguntándome si realmente Bill la había conocido, si ella lo
había invitado a su rasa. Pero rechacé la idea: estaba decidida
a no sumergirme en la extraña y desagradable naturaleza de la
vida y muerte de Maudette, no quería que esos horrores
arrojaran sombras sobre mi pequeña isla de felicidad.
–Es parte de mi trabajo –respondí con aspereza–, no se
puede evitar. Además, no siempre trabajo por las noches. Pero
cuando puedo, lo hago.
–¿Por qué? –El vampiro me ayudó a incorporarme y después
se levantó con agilidad.
–Mejores propinas, se trabaja más duro. No hay tiempo para
pensar.
–Pero la noche es más peligrosa–dijo con desaprobación.
Él debía de saberlo bien.
–No hables como mi abuela –le reprendí con suavidad. Casi
habíamos llegado ya al estacionamiento.
–Soy mayor que tu abuela–me dijo. Y eso puso punto final a
la conversación.
Después de salir de los árboles me quedé observando el
paisaje. El estacionamiento estaba tranquilo y desierto, como
si no hubiera ocurrido nada, como si no hubieran estado a
punto de matarme a patadas en ese trozo de grava; apenas una
hora antes. Como si los Ratas no hubieran encontrado allí su
sangriento final.
Las luces de la caravana de Sam estaban apagadas.
La gravilla parecía mojada, pero no se veía sangre. Encontré
mi bolso sobre el capó del coche.
–¿Y el perro?–pregunté.
Me giré para contemplar a mi salvador.
No estaba allí.

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